Hostigó liberales, maldijo al municipio de Armero y ahora aspira a ser santo……

Pedro María Ramírez Ramos será llamado de ahora en adelante venerable y solo hasta que el Vaticano lo proclame oficialmente, se le podrá venerar y levantar capillas e iglesias en su honor.

Aunque el Vaticano no ha divulgado la noticia, el obispo de Garzón, monseñor Fabio Duque Jaramillo ya fue notificado por la Santa Sede y se espera que los próximos días el papa Francisco haga el anuncio.

El proceso de beatificación del religioso a quien se acusó de haber maltratado a los liberales en tiempos de la Violencia y maldecido a Armero duró más de 25 años.

Francisco podría celebrar la beatificación del venerable Pedro María durante su visita a Colombia el año entrante.

El sacerdote Pedro María Ramírez Ramos, más conocido como el ‘Mártir de Armero’, asesinado el 10 de abril de 1948 por una turba de habitantes de esa población tolimense que quería vengar la muerte del caudillo Jorge Eliécer Gaitán, será declarado beato y mártir de la iglesia por el papa Francisco en los próximos días.

Monseñor Fabio Duque Jaramillo, obispo de la diócesis de Garzón, confirmó este domingo que la Santa Sede le notificó oficialmente la aprobación de la beatificación del siervo de Dios y explicó que “el parecer de los teólogos sobre la causa del martirio ha sido por unanimidad positivo”.

A través de una carta enviada a los sacerdotes, religiosos y feligreses de su jurisdicción, el prelado dijo que esta noticia “alegra a la iglesia universal, a nuestro país y de manera particular a nuestra iglesia diocesana”, ya que el hasta hoy siervo de Dios nació en la población de La Plata, al occidente del Huila, y fue seminarista en Garzón. Al mismo tiempo, el jerarca pidió a los sacerdotes y fieles que se abstengan de promover expresiones de culto del Mártir, como la veneración de imágenes o el levantamiento de capillas e iglesias, hasta tanto el papa Francisco no proclame solemnemente su beatificación. Sin embargo, monseñor Duque Jaramillo precisó que a partir de ahora al nuevo beato sí se le puede llamar venerable.

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La causa de beatificación del sacerdote nacido el 23 de octubre de 1899 ―día en el que comenzó la Guerra de los Mil Días― tuvo un largo proceso jurídico y teológico de más de 25 años tanto en Colombia como en el Vaticano, informó a este blog el padre Héctor Trujillo, párroco de la catedral de Garzón. “El proceso lo promovió inicialmente el exobispo Libardo Ramírez Gómez (actualmente presidente del Tribunal Eclesiástico Nacional), y luego fue retomado por el actual obispo, Duque Jaramillo, quien planteó el caso ante la Conferencia Episcopal Colombiana que, con ocasión de su anunciada visita a Colombia en 2017, le pidió al papa Francisco un tratamiento preferencial y expedito del caso”, explicó el padre Trujillo.

El párroco relató que el expediente para definir si el padre Ramírez Ramos merecía ser beatificado por sus virtudes heroicas y su martirio estaba en turno para el 2022, pero que el pontífice, al acoger la petición de los obispos colombianos, ordenó a la Congregación para la Causa de los Santos ―la instancia vaticana encargada de instruir el reconocimiento de beatos y santos― que acelerara todos los trámites para efectuar la ceremonia de beatificación durante su viaje a Colombia y no en el Vaticano.

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El martirio

Según relata el jesuita Juan Álvarez Mejía en el libro Una víctima de la revolución de abril,al conocerse por radio la noticia del asesinato a tiros del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán en pleno centro de Bogotá, gran parte del pueblo de Armero, que era de mayoría liberal, se levantó contra las autoridades pidiendo la cabeza del presidente Mariano Ospina Pérez y la caída del Gobierno conservador. Los exaltados, como en gran parte del país, también acusaban a la Iglesia católica de defender al conservatismo y de propiciar con su conducta pasiva y en otras, de manera velada, el clima de violencia contra los liberales.

Agrega el padre Álvarez en su libro publicado un año después del martirio que poco después de las 2:30 de la tarde, una turba armada con revólveres y machetes llegó hasta la casa cural con el propósito de matar al sacerdote, pero su intento fue frenado por la madre Miguelina, una monja mexicana de la comunidad de las Mercedarias Eucarísticas quien enfrentó a un hombre que pretendía acribillar a tiros al mártir cuando este se encontraba orando de rodillas frente al Santísimo. Sin embargo, los violentos saquearon la casa cural y destruyeron muebles, enseres, libros y ornamentos religiosos, aunque no alcanzaron a profanar el Santísimo ni a destruir las hostias conservadas en el sagrario. Pese a que las monjas le pidieron de manera encarecida que huyera del pueblo porque su sacrificio era inminente, el religioso se negó a hacerlo y repetidamente les dijo que en su corazón ya había perdonado a los agresores y a quienes más adelante atentaran contra su vida.

Al día siguiente del magnicidio del líder liberal, con una Bogotá casi destruida por la acción de los vándalos en hechos conocidos históricamente como El Bogotazo, el padre Ramírez Ramos ofició su misa de la mañana, dio la comunión a las monjas y a un grupo de estudiantes, confesó a un enfermo en el hospital y visitó a más de 170 conservadores detenidos en la cárcel. Poco antes, del mediodía repartió entre él y las monjas las hostias consagradas que quedaban, guardó una para utilizarla en caso de necesidad y escribió a lápiz un lacónico testamento que guardó en un sobre que marcó de la siguiente manera: «Voluntad del Pbro. Pedro Ma. Ramírez Ramos, a la Curia de Ibagué y a mis familiares de La Plata».

El conmovedor documento dice así:
«De mi parte, deseo morir por Cristo y su fe. Al excelentísimo señor obispo mi inmensa gratitud porque sin merecerlo me hizo ministro del Altísimo, sacerdote de Dios y párroco hoy del pueblo de Armero, por quien quiero derramar mi sangre. Especiales memorias para mi orientador espiritual, el santo padre Dávila. A mis familiares que voy a la cabeza para que sigan el ejemplo de morir por Cristo. Con especial cariño los miraré desde el cielo. Profunda gratitud con las madres eucarísticas; desde el cielo velaré por ellas, sobre todo por la madre Miguelina (la superiora). En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Armero, 10 de abril de 1948».

A los gritos de «¡Entregan al cura o mueren todas!», las monjas salieron huyendo de la casa cural por entre los tejados, dejando indefenso al hoy beato Ramírez Ramos que vestido con bonete y estola fue sacado en medio de insultos, golpes y puñetazos y llevado a la plaza principal del pueblo donde fue entregado, sin fórmula de juicio, a un tumulto de por lo menos mil hombres y mujeres exaltados, muchos de ellos en completo estado de embriaguez.

Diferentes versiones, confirmadas en expedientes judiciales, indican que hacia las 4:30 de la tarde fue otra vez ultrajado y golpeado y luego atacado con garrotes, varillas y planazos de machetes. Otros documentos señalan que instantes después de que alguien diera la orden de «No más planazos, denle por el filo», el padre Ramírez Ramos pronunció sus últimas palabras: «Padre, perdónalos. Todo por Cristo». Enseguida, varios hombres le asestaron machetazos en el cuello, la espalda y la cabeza que acabaron con su vida en pocos minutos.

El cadáver fue abandonado a la entrada del cementerio donde fue recogido por algunas mujeres que lo sepultaron semidesnudo en una fosa, sin ataúd ni ceremonia religiosa alguna. Allí permaneció hasta que varias semanas después de restablecido el orden las autoridades lo identificaron plenamente y lo entregaron a familiares y miembros de la Iglesia católica quienes lo trasladaron en un estremecedor y largo cortejo que empezó en Armero, pasó por Baguio, Espinal, Neiva y Garzón y terminó en La Plata.

Los tropiezos para la beatificación

La causa tramitada ante el Vaticano tuvo numerosos inconvenientes legales e históricos originados principalmente en los graves hechos de violencia protagonizados en los años 40 y 50 por los partidos Liberal y Conservador, una época en la cual, según diversos historiadores, fueron asesinados al menos 200 mil colombianos. Entre otras dificultades allegadas al expediente, algunos habitantes de la desaparecida Armero acusaban a Ramírez Ramos de perseguir tanto en sus prédicas como en las actividades pastorales a quienes no fueran militantes del Partido Conservador. Incluso, en algunas publicaciones se indica que el sacerdote daba la comunión a los liberales con su mano derecha invertida, contrariamente a lo indicado por los cánones de la Iglesia.

Otro de los inconvenientes que estancó el trámite ante la Congregación para la Causa de los Santos fue la versión popular de que el padre Ramírez Ramos, poco antes de ser sacrificado, habría dicho que de Armero no quedaría piedra sobre piedra. Esas palabras, entendidas por algunos como una maldición profética, se habrían hecho realidad 37 años después del crimen del religioso cuando una avalancha de lodo y piedra sepultó a la población tolimense y mató a más de 25 mil personas.

Sin embargo, de acuerdo a lo relatado por personas que conocieron el expediente, los abogados canonistas contratados por la Diócesis de Garzón, así como el padre postulador de la causa, lograron refutar las acusaciones expuestas ante el promotor de justicia ―un fiscal experimentado especialista en derecho canónico, conocido antiguamente como ‘abogado del diablo’― y demostraron que las sindicaciones de sectarismo político y la supuesta maldición que habría llevado a la desaparición de Armero no tenían fundamento jurídico, histórico ni teológico.

Lo que sigue

Según el padre Héctor Trujillo dentro del proceso no fue necesario demostrar un milagro atribuido al Mártir de Armero ya las normas canónicas no obligan a hacerlo en el caso de los mártires. «Al beato Pedro María, según testimonios, se le atribuyen algunos milagros, pero esta vez no se requirió invocar alguno ya que su caso se trató de un bautismo de fe en el martirio”, aclaró el párroco de la principal iglesia de la diócesis de Garzón.

Hasta el momento el Vaticano no ha confirmado la fecha en la que el papa Francisco hará pública la declaración, aunque no se descarta que lo haga dentro de pocos días durante una de las concurridas ceremonias públicas que preside en la Plaza de San Pedro.

Sobre la ceremonia de beatificación ―el paso previo a la canonización― tampoco se conocen mayores detalles ya que esta podría efectuarse durante la visita del santo padre a Colombia el año entrante o celebrarse anticipadamente en el Vaticano en el transcurso de los próximos meses. Otra posibilidad sería celebrar la ceremonia de beatificación en La Plata, población de donde era oriundo el venerable, para lo cual viajaría hasta el país el cardenal Ángelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.

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Lo que me han comentado……

En la historia que rodea a este famoso cura en la desaparecida poblacion de armero esta qu el trato que daba a los residentes era igual al del partido politico al que pertenecieran, tanto asi que al hospital, cementerio, ancianato solo visitaba y apoyaba a los que pertenecieran al partido conservador.

igualmente desde el pulpito arengaba en contra de los miembros del partido liberal y para algunos, el cura parroco se reunia con las fuerza conservadoras para atentar en contra de los liberales que eran mayoria en aquel entonces en el pueblo.

El dia de la turba liberal, coyunturalmente con la muerte de JORGE ELIECER GAITAN, situación que nunca pensó el cura Pedro Maria que sucediera y peor aun, nuca pensó la fuerza que tuviera sobe los armeritas, el asesinado del lider liberal.

Ya se escuchaba que bajaban de la cordillera “manadas” de conservadores de santa Isabel, que ya habian llegado a Junin, otros aseguraban que ya andaban sobre la “sierrita y lo que mas altero a los pobladores fue el hecho que un tal Benjamín Espinosa al frente de un pelotón, armado hasta los dientes, venía dispuesto a atacar a Armero.

El otro rumor era que en Lérida había un telegrama donde se informaba que los conservadores ya habían cruzado Río Recio y para evitar que se la tomaran esperaban la presencia y la ayuda de los liberales de Armero.

Ante semejantes rumores, el médico Luis Alejandro Parra Bonilla congregó a varios hombres en el parque de Los Fundadores y les preguntó quiénes estaban dispuestos a seguirlo. Al conformar el grupo salió para Lérida. Pero al llegar al reten cerca del río Lagunilla se topó con un camión medio destartalado. En él llegaba el ebanista Barragán. Al enterarse por su propia boca que los conservadores ya venían más acá de Lérida, prosiguió la marcha después de un apretón de manos y un hasta luego.

Un kilómetro después del puente sobre el río Lagunilla pudo percatarse que algunos que lo habían estado acompañando habían optado por abandonarlo. Se detuvo y consultó con sus cuatros amigos que quedaban qué hacer. Acordaron esperar.

Aunque la mañana del sábado había estado nublada, después del mediodía Armero fue abrazada por un sol canicular. Pero, al comenzar el crepúsculo de la tarde, quienes estaban en el parque lanzando arengas contra los asesinos de Gaitán, fueron alertados de que algo raro estaba pasando. Nicolás Izquierdo Cortés, casi que setentón, encorvado por el peso del trabajo como jornalero y cosechero de legumbres, y muy querido por el pueblo, pues era de los pocos que podían de decir, nací en Armero, al llegar al parque vio y escuchó cuando un tumulto de gente dijo: “vamos a registrar la iglesia porque el cura ha echado unos vivas”. Otro testigo ocular fue el albañil José Guillermo Sarmiento. Escuchó cuando algunos dijeron que había que ir a la iglesia porque habían sentido ruidos raros.

El boticario Luis Aguirre que había estado en su casa, al oír que la algarabía en el parque subía cada vez de tono, se salió para trasladarse a la casa de la esquina de Raimundo Melo. Se unió a quienes estaban en la esquina y desde allí alcanzó a divisar cómo un grupo de hombres encabezado por Mario Duran Calle, alias “El Corcho” se acercaron a la iglesia y miraron por debajo de la puerta. Estaban armados de cuchillos, machetes, palas, palos y piedras; y uno que otro fusil terciado a las espaldas.

El boticario Aguirre, aun sin entender qué podría estar ocurriendo, preguntó por si alguien respondía:

—Qué sucede.

—El cura está adentro de la iglesia y tiene bombas para tirarle al pueblo

El boticario Aguirre al mirar nuevamente hacia la iglesia, observó que el pelotón que estaba al frente de la puerta había desaparecido.

—Dónde están— preguntó.

—Están adentro— le dijeron.

Cinco minutos después se escuchó la detonación de dos bombas, una tras otra. Quienes estaban adentro de la iglesia salieron en estampida hacia el parque. “El Corcho” quien comandaba el pelotón ordenó la huída. Algunos corrieron despavoridos, otros se resguardaron tras las bancas y los árboles del parque, otros desenvainaron sus machetes de hoja ancha de sus fundas y quienes estaban con sus armas de fuego buscaron o hicieron sus trincheras. La seguidilla de bombas y el tiroteo de fuego cruzado habían empezado. Pese al torbellino de la gente inmensos grupos se apostaron frente a la iglesia y la casa cural. El comentario generalizado era de que el párroco Ramírez los había recibido con una bomba de dinamita tan pronto habían entrado.

El médico Parra Bonilla, aun seguía en el sitio de espera. Estaba decepcionado de la noticia que le habían dado. Media hora antes había pasado Luis Carlos Calderón, el diputado del Tolima nacido en Fresno, y al preguntarle si era cierto que las huestes conservadoras venían más acá de Lérida, éste le había respondido que nada había notado y que de eso nada se sabía. Al tomar la decisión de regresar comenzó a escuchar las detonaciones. Pensó él que sería por los lados de Armero y menos aun que fuera en el parque.

El alcalde Evencio Martínez Bolívar no estaba en su despacho. Se hallaba en una junta de ciudadanos, según él, con lo “más destacados de la localidad”. Estaban pensando cómo devolverle la tranquilidad a la población. Al llegar al parque se encontró que era un campo de batalla. Vio grupos de gentes portando machetes, cuchillos, palas, palos, fusiles, varillas y revólveres. El alcalde recordaría que había visto “más o menos, mil personas”. También había escuchado “detonaciones de bombas de dinamita y disparos de distintas armas de fuego. Pero por el humo no pude distinguir si contra el grupo de gentes se lanzaban las bombas o se hacían los disparos, o, si los del grupo lanzaban las bombas o hacían los disparos en dirección a la iglesia, o, a otra parte”.

El boticario Aguirre marchó hacia la botica que quedaba en su casa. Se hizo detrás del almendrón que quedaba al frente de la botica. Desde allí siguió viendo cómo el gentío se seguía armando. Pensó en su casa, en su vida y en su familia. El alcalde Martínez Bolívar como pudo cruzó el parque en dirección a la alcaldía. Estaba acompañado del odontólogo Ramón Jaramillo. Al llegar a la esquina de la alcaldía se reguardaron tras un árbol. Se limitaron a contemplar el desarrollo de los hechos. “Las balas cruzaban —diría el alcalde— sin darnos cuenta qué personas eran las que atacaban en distintas direcciones”.

El médico Parra Bonilla prefirió dirigirse a su casa. Pensaba también en su familia. Estuvo encerrado hasta que se calmaron los tiros y las bombas. Le pareció que todo estaba aconteciendo en el parque.

Entretanto hombres armados de machetes, escopetas y revólveres seguían pidiendo a gritos dónde estaba el párroco Ramírez.

Mientras la muchedumbre enardecida recorría las calles con machetes, pistolas, revólveres, escopetas y palos gritando ¡Abajo el partido Conservador! ¡Muera Mariano Ospina Pérez!; un hombre blanco, de profesión carpintero, llamado Camilo Leal Bocanegra, de 38 años y nacido en Honda, con machete en mano y al frente de un grupo enfurecido, se dirigió hacia la tienda de Salvador Torres ubicada en la calle 11.

Después de buscarlo por varios minutos por las alcobas y el solar de la tienda lo avistó en el techo de casa cural. Al bajar al párroco Pedro María Ramírez al solar de la tienda empezó a buscar la salida hacia la calle 11.

Caminando hacia la puerta que daba a la calle, el párroco Ramírez le dijo al carpintero:

—“Llévame maestro a la cárcel porque allá quedo más seguro que aquí”.

Al cruzar la puerta una muchedumbre enfurecida los esperaba en la calle. Caminaron juntos unos pocos metros en dirección al Parque de los Fundadores. El carpintero llevaba al párroco tomado por el brazo. De un momento a otro y en un cerrar de ojos, voces con el grito al cuello le dijeron: “¡hijodeputa…! si no lo suelta lo matamos…”.

De repente brazos salidos de las entrañas de la tierra le arrebataron al carpintero Leal Bocanegra el párroco Ramírez. Eran pasadas las cuatro de la tarde. A empellones lo llevaron hasta la esquina del almacén del palestino David Jassir. Una voz fuerte se sobrepuso al griterío y a la algarabía. Esa misma voz pedía que le dieran por el filo del machete.

Un hombre que estaba en diagonal a la esquina de David Jassir vio cómo el filo del machete penetraba un poco más arriba de la nuca y que el médico legista en un lenguaje técnico llamó occipital. Cayó de rodillas. La sangre a borbotones recorrió las mangas de la sotana. El bonete rodó ensangrentado.

Al levantarse con esfuerzo, trastabilló al andar. Otra vez, otra voz, con rencor y odio gritó: “Denle de nuevo por el filo”. Estaba por llegar casi al borde del parque cuando un hombre en medio de la turba blandía de nuevo el filo del machete hacia la nuca. Fue un golpe certero.

El cuerpo del párroco caía moribundo en medio de la turba. La muchedumbre se desparpajaría minutos más tarde en medio de la indiferencia.

Información tomada de varias publicaciones

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